
Hola, tanto tiempo.
Quería contarles que fui a un concierto de rock. El Paniko Rock Fest. No fue la gran cosa –aunque lo haya sentido así- ni por lejos el mejor concierto de mi vida, pero debo decir que necesitaba una inyección parecida. Una dosis “soberana” –me acaban de pegar el término- directa a la vena, que me remeciera por un rato y me sacudiera neuronas y glóbulos rojos.
Hace tiempo que no me sentía así, como flotando en las nubes, como dejándome llevar por la corriente guitarrera. La sangre acelerada por sentirme como me sentí: en casa.
No me crean chanta. Pero son estos pequeños detalles los que me confirman que aún me mueven cosas, que una guitarrista linda me roba una sonrisa, que los pies se me van siguiendo el ritmo de un bajo, o que mis manos se agitan tratando de emular al baterista de una banda.
Matorral, Santo Barrio, Golem, LaFloripondio y cinco más. Cada uno en su volá, me generaron esa especie de envidia sana (¿existirá?), con sus minas, sus posturas frente a la vida, con sus propios aires chilenos.
Lo pasé bien. Tenía que hacer otras cosas, pero no importó. Me di el pequeño gran gusto de quedarme hasta el final y abrir mi oído a la música –cerrándolo a los prejuicios, obviamente-, a contagiarme de sonido, puro sonido. Cierto que no todos los grupos me gustaban, que pifié, que salté, que grité a los que encontraba chanta y me desviví con las minas que encontraba ricas (musicalmente hablando…já).
Al final capacito que nadie me entienda. Fue mi volá y punto. Pero el rock and roll, mierda, es cosa que me hace sentir vivo.
Tanto como para volver –luego de un rato- a este blog.
Saludos y cariños!!!






